Catálogo Galería Sephira

Catálogo Galería Sephira, diciembre de 1992

Autor: Ignacio Gomez de Lia√Īo

Brigitte Szenczi y Juan Antonio Ma√Īas o El Gabinete del Profesor Hypnos

Hace seis o siete a√Īos, cenando en casa de Mariquita Escribano y Fernando Huici, mis anfitriones se sorprendieron de que no conociese a Dos y Una.

– Pues no…‚ĒÄ quise disculparme ante una demostraci√≥n tan palmaria de ignorancia -. He o√≠do hablar de ellos…, creo que a Carlos Forns o a Guillermo -a√Īad√≠ -. ¬ęUna y uno¬Ľ son pintores, ¬Ņno?. Y el otro ¬ęuno¬Ľ, ¬Ņno es escritor?.

Amablemente me explic√≥ Mariquita que la curiosa designaci√≥n ¬ęDos y Una¬Ľ correspond√≠a, efectivamente, a los pintores Brigitte Szenczi y Juan Antonio Ma√Īas, y al escritor Vicen√ß Ferr√°n Martinell.

– Pero, ¬Ņno has visto sus cuadros?- volvieron a interpelarme.

Afortunadamente, yo hab√≠a pasado un a√Īo viajando por el Asia oriental, as√≠ es que recurr√≠ a mi argumento favorito de esos meses para situaciones an√°logas:

– Pensad que he estado mucho tiempo fuera de Espa√Īa…

Creo que fue Fernando quien se levant√≥ para ir a buscar un cat√°logo. Nunca olvidar√© el cuadro de la portada. Se ve√≠a un doble corredor subterr√°neo. Por la altura de sus muros y el abovedado de los techos se asemejaba a los de la Domus Aurea de Ner√≥n. Como ambos pasillos describ√≠an una curva, se intu√≠a que formaban parte de un complejo laberinto circular. El agua cubr√≠a el suelo, y al fondo de la curva del corredor exterior se ve√≠a avanzar la peque√Īa proa de una barca, que me hizo pensar en la Isla de los Muertos de B√∂cklin. Me imaginaba perfectamente la escena. La barca ha llegado a la Isla, pero no ha sido amarrada al fat√≠dico muelle. Su singladura sigue por el palacio sumergido.

Y ah√≠ estaba lo asombroso: la serie infinita de nichos que decoraban las paredes. Cada nicho enmarcaba el torso de una figura hier√°tica: Budas macilentos de Gandhara, figuras aztecas, diosas de Palmira, bustos de sacerdotisas ib√©ricas, emperadores romanos del Bajo Imperio, cabezas indochinas o africanas… se suced√≠an en series interminables, de pesadilla fascinante. La hilera inferior estaba, angustiosamente, medio anegada, de suerte que solo se ve√≠a la mitad superior de las cabezas. Se pod√≠a estar seguro de que el agua acabar√≠a sumergiendo el maravilloso e inmovilizado desfile, y sospechar que detr√°s de cada uno de los nichos se encontraban las vasijas donde fueron depositadas las cenizas de los misteriosos personajes esculpidos. Palacio sumergido, museo cuajado de los emblemas de civilizaciones desaparecidas, los artistas, con extraordinaria maestr√≠a, nos invitaban a un viaje por los residuos de la historia y por el interior de nosotros mismos; por el interior, simplemente; o si lo traducimos en t√©rminos neurobiol√≥gicos (l√©ase el fant√°stico Filosof√≠a y cerebro, de J.Z. Young), por el hipocampo y sus vibrantes corredores de innumerables c√©lulas neurales, provistas de infinitas conexiones sin√°pticas con la sima del hipot√°lamo y los maravillosos archivos microic√≥nicos del c√≥rtex.

Pasaron unos meses. Por intermedio de alg√ļn amigo nos citamos a cenar. A1 parecer, a ellos les hab√≠a pasado conmigo lo mismo que a m√≠ con ellos. Alguien se hab√≠a extra√Īado que no me conociesen. Y tambi√©n ellos se hab√≠an sentido terriblemente culpables, y hasta es posible que en alguna p√°gina m√≠a vieran una inquieta proa rastreando el fondo de culturas anegadas, de templos formados por ideas como sillares, con hileras de conceptos esculpidos sobre los muros gelatinosos de un viejo columbario.

Recuerdo que en esa cena habl√©, como era casi obligado, de mis viajes por el Oriente y, claro est√°, de mis reincidentes estudios sobre el arte de la memoria de Sim√≥nides de Ceos y Metrodoro de Escepsis. En realidad, el cuadro de Brigitte y Juan Antonio que tanto me hab√≠a impresionado era lo m√°s parecido a un sistema metrodoriano de im√°genes mnem√≥nicas instaladas en un sistema de loci, de lugares circulares de la memoria. Pero eso carece de importancia. Lo importante es que as√≠ se inici√≥ una amistad, que peri√≥dicamente se renueva en los viajes de Brigitte, Juan Antonio y Vicen√ß a Madrid o en los m√≠os a Barcelona ‚ĒÄ que reservamos para efectuar emblem√°ticos recorridos urbanos ‚ĒÄ, o a trav√©s de la nutrida correspondencia que mantuvimos cuando de nuevo me reclamaron, con su canto, las rutas del Asia Central y del antiguo Imperio del Cielo.

Tanto Brigitte Szenczi y Juan Antonio Ma√Īas, como Vicen√ß Ferr√°n, encajaron muy bien en Madrid, digo, en el grupo de artistas a los que se les dio el nombre de Nueva Figuraci√≥n Madrile√Īa. Hab√≠a, ciertamente, algo chocante. Pues viniendo de Barcelona no tra√≠an el arte consabido que, desde ese cuadrante, llegaba temporada tras temporada a las grandes salas oficiales, como si se quisiera remachar una lecci√≥n aprendida no ya desde hace a√Īos, sino, dir√≠ase, desde el principio de los tiempos. Dos y Una mostraban, en cambio, otra cosa y, sobre todo, un esp√≠ritu af√≠n al del grupo madrile√Īo, al que, por otro lado, pod√≠an enriquecer con rasgos muy propios. Coincid√≠an con los madrile√Īos en la voluntad de soldar los puentes quebrados por el Movimiento Moderno; y en la decisi√≥n de saldar las deudas contra√≠das por ese Movimiento con la gran banca de la Tradici√≥n. Tambi√©n ellos ‚ĒÄ Brigitte, Juan Antonio, Vicen√ß ‚ĒÄ se hab√≠an parado ante la pintura del Manierismo y el Barroco, del Romanticismo y la Pompeya romana. Y hasta se pod√≠a estar seguro, pues las formas de la contemplaci√≥n son variadas, de haberles visto con su puesto en el Rastro de los primeros 70, de haber coincidido con ellos en Ibiza, y hasta de haber compartido alguna saison en enfer con sus correspondientes fleurs du Mal, o aquellas Illuminations que sobreven√≠an en los ¬ępara√≠sos artificiales¬Ľ del ¬ęnada es verdad, todo est√° permitido¬Ľ. Y era grato comprobar ahora, a√Īos despu√©s, que, a pesar de todos los pesares, todos los expedicionarios ‚ĒÄ o casi todos ‚ĒÄ hab√≠an logrado llegar por el camino de las tempestades a las costas del presente, aunque estaba claro que las exigencias del reino subterr√°neo ir√≠an torn√°ndose cada vez m√°s perentorias y desorbitantes.

Brigitte y Juan Antonio converg√≠an en muchas cosas con los pintores de Madrid, pero tambi√©n presentaban interesantes rasgos diferenciales. Sorprend√≠a, por lo pronto, su virtuosismo cinematogr√°fico, digo, se conoc√≠an al dedillo ‚ĒÄ aqu√≠ habr√≠a que introducir de nuevo a Vicen√ß en primer plano ‚ĒÄ los mitos del cine, sus figuras, los gestos clave de esas figuras, sus escenas m√°s singulares, esos movimientos √ļnicos con los que los √≠dolos del celuloide son capaces de conmover la majestuosa estabilidad de la mec√°nica celeste de Newton. Brigitte y Juan Antonio eran como dos cient√≠ficos de pel√≠cula expresionista que manipulan la materia prima de enso√Īaciones e im√°genes, para reelaborar sue√Īos de una valencia superior; que en sus probetas mezclan extra√Īas fantas√≠as hasta hacerlas llegar a un acuerdo con las leyes y los retos de la composici√≥n; que ven√≠an a demostrar que al cine solo le puede redimir la pintura; que a la fotograf√≠a en movimiento solo la pueden salvar los pinceles, porque, reducidos a veces a la inmovilidad, ensimismados en el frasco, los ojos pueden, al contemplar las secuencias de una pel√≠cula, orientarse por la pel√≠cula neuronal del cerebro; por nuestro mar interior; por el propio e √≠ntimo paisaje.

Sus cuadros contaban historias. Y eran tan palpables que los artistas incluso se habían visto forzados en ocasiones a realizarlas en relieve, género que, tan usado en otro tiempo, parecía insólito a los examinadores de las nuevas academias. Pues Brigitte y Juan Antonio con los pinceles, al igual que Vicenç con la pluma, son grandes narradores. A veces la historia desborda los límites del cuadro, y abre sus puertas ya a un turbador grupo de escolares posbélicos o de deportistas de época indefinida, ya a un viaje por la Costa Azul o por las Cícladas, ya a monumentos y ritos de humanidades cuyo momento exacto se ignora.
En esas secuencias se siente la sedimentación de dramas y reflexiones, de visiones autoanalíticas y propuestas de realidades otras.

Todos los amigos de Madrid hemos pasado por su casa de Barcelona. Ni que decir tiene que la casa se ha hecho famosa. No lo digo porque haya salido en revistas de todo el mundo, aunque tambi√©n ha ocurrido. Ni siquiera lo digo por la piececita japonesa que sirve de dormitorio de invitados. Tampoco creo que sea casual el que Vicen√ß haya puesto a una novela suya el t√≠tulo, precisamente, de Villa Delicias. Ocurre que en esa casa se est√° como en una fantas√≠a natural, como en una naturaleza a la que, sin la menor p√©rdida de la compostura, se le hubiera antojado segregar las virtualidades m√°s espectaculares. A ambos lados de la espina ictiom√≥rfica que forma el largo pasillo central se abren y cierran los m√°s inesperados escenarios, con la sensaci√≥n sobrea√Īadida de estar bogando dentro de una nave. Lo mejor de todo es la naturalidad con que Brigitte, Juan Antonio y Vicen√ß habitan entre unas paredes que hoy se abren a paisajes mic√©nicos y ma√Īana a ruinas nil√≥ticas. Pero no hay all√≠ nada de esa ¬ęputrefacci√≥n¬Ľ que suele al ensalmo de las escenograf√≠as. Pues no hay gui√≥n, sino experiencia y, tambi√©n, saber; el intimo sentimiento de que hoy toca vivir egipcio, ma√Īana pompeyano, pasado chino y al otro quechua, en un perpetuo juego de representaciones en el que se va cercando, con rigor, fantas√≠a y perseverancia, el n√ļcleo incandescente de la realidad. ¬°Qu√© locura, se dir√°! En absoluto. Lo verdaderamente loco es vivir, tener que vivir de prestado; es decir, con los onerosos pr√©stamos de decoradores y almacenistas. Lo loco es abandonar el exterior de nuestro interior a los interioristas de lo exterior. Lo loco es no experimentar la necesidad de refinar el espacio que nos rodea. Lo loco es no atreverse… Aunque solo tengamos un par de sillas, aunque no tengamos nada. No es cuesti√≥n de tener.

Vuelven a la temporada madrile√Īa del 92-93. He tenido la suerte de ver sus cuadros en Barcelona, y puedo afirmar que los lugares y las fisonom√≠as de la memoria y el sue√Īo se han depurado todav√≠a m√°s, han lanzado sus sondas a m√°s lejanos espacios, elevando el ¬ęaqu√≠¬Ľ a m√°rgenes insospechados. No es solo asunto de temas. La propia materialidad de los pigmentos ha empezado a manifestar extra√Īos signos de ¬ęvida¬Ľ y conmoci√≥n, como un cultivo org√°nico que se desarrollase en un laboratorio instalado bajo los mosaicos de un templo bizantino. Tal vez las ra√≠ces h√ļngaras de Brigitte se traicionan con esa llamada del Oriente; tal vez no sea sino el efecto retardado de los prolongados descansos en que Juan Antonio, echando a un lado los pinceles, se zambulle en las densas p√°ginas de la filosof√≠a y sus insinuaciones trasmundanas.

Es una suerte que, desde Madrid, en estos días, podamos seguir el caminar pictórico de Juan Antonio y Brigitte: si sus visiones nunca nos dejan indiferentes, los dramas de su pintura nos hacen pensar siempre. Y podremos en estos días, a la caída de la tarde, hablar de filosofía y literatura, de los caminos del mundo y los pasadizos del arte; acudir incluso, a los pies de la sierra del Guadarrama, a la lectura de una obra de teatro inédita; y volver a sentir que todavía pueden darse amistades como las de no se sabe bien qué otros tiempos.

Comments are closed.